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Bajábamos del cresterío de la sierra, de esquivar al paso carrascas, de caminar entre bloques de cuarcitas, de maltrepar a ratos. El día borroso de humedad. Apenas el pueblo se veía a lo lejos, abajo. Primeros calores de la primavera y primeros narcisos pálidos. Gredos me ha dejado fotografiarlos sin interponerse, sin reclamar mi atención durante el rato que he estado tumbado, mirando a través del objetivo, fuera del mundo. Al llegar a la fuente, la única fuente en nuestro camino, hemos almorzado: pan y manzanas, respectivamente. Gredos ha subido a curiosear un poco más arriba, donde hay una pequeña balsa en la que flotaban algas y lentejas de agua. El agua mostraba un precioso color esmeralda, tan verde que Gredos no ha sabido donde acababa la hierba y comenzaba la charca. Ha caído limpiamente, con enorme sorpresa, con un súbito chooff y un susto que ha durado apenas, tanto le ha gustado caer al agua fresca. Ha emergido con la parsimonia de un submarino de película de guerra. Como veis en la foto, traía de recuerdo un precioso bigote de algas verdes.

Gredos no tenía mucha prisa por salir de allí: parece que le ha gustado el chapuzón. Yo he esperado pacientemente a que volviera, sin imaginar el final de la aventura. Ha salido despacio, remoloneando, haciéndose el esquivo, con temor, quizá, a una reprimenda que no ha llegado. Al ver que no le reñía se ha acercado con aire triunfal, como alardeando de su hazaña. Debo confesar que no he imaginado lo que iba a ocurrir a continuación. Debería haberlo imaginado y no lo he hecho, parezco nuevo, a estas alturas. Gredos se ha acercado a mí. Cuando ya estaba pegadito pegadito ha hecho eso que hacen los perros para sacudirse el agua, retorciendo el cuerpo a un lado y otro en una loca sucesión de rotaciones, como una lavadora cuando centrifuga, despidiendo agua a una velocidad de vértigo, que ha ido a empapar, cómo no, al ingenuo de al lado. Es decir, a mí. Ha dado un par de saltos de alegría, y se ha alejado trotando por el camino, feliz, completamente feliz.
P.D. Al ver cómo se alejaba he comenzado a tararear Moonlight Shadow, esa canción de Mike Oldfield que siempre me ha recordado a algún personaje de dibujos animados agitando los brazos y saltando por los caminos. La vida, a pesar de todo, tiene cosas tan bonitas...
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